Cola sin coleros, un paso adelante a la Covid.

Por: Celia Zaldivar y Beatriz Ortet/DECOM

El enfrentamiento a la Covid 19 se ha convertido en un proceso de cambio y crecimiento, las mejores actitudes de nuestro pueblo evidencian el maravilloso corazón del país. Valentía, compromiso, solidaridad y responsabilidad han caracterizado a Cuba, y de eso estamos orgullosos. También está emergiendo un proceso de enfrentamiento a indisciplinas a todos los niveles de la sociedad.

Parecía que el malestar por los coleros, los acaparadores o revendedores eran ya algo normal y que contra ellos no se podía hacer nada, pues habían llegado para quedarse: pero les llegó la hora de irse. Ojalá que otros males como la desidia, el mal trato, el descontrol, la violencia y los prejuicios comiencen a tener el mismo destino, especialmente en estos tiempos de Covid.

Cuando lo que se vuelve cotidiano se acepta como lo normal, obvio, natural e incuestionable, pareciera que la manera de ser y actuar es la única posible o que las cosas no pueden ser de otro modo. Por suerte estamos presenciando un proceso de crítica a la vida cotidiana, donde todo el pueblo está participando junto a la Revolución en pos de su crecimiento y bienestar.

Muchas personas justifican a los coleros o acaparadores con el desabastecimiento, las dificultades económicas, o la falta de iniciativa, preocupación u organización de las instituciones, pero la conducta humana no se explica por la relación inmediata, directa, del medio sobre el hombre. Pensar que si se cambia o mejora el medio entonces mejorará la conducta es excluir la personalidad como entidad subjetiva, capaz de tomar decisiones, de cambiar y trasformar, es ignorar la realidad y la magia maravillosa de nuestra mente, de nuestro ser.

¿Qué hacía que se mantuvieran esas indisciplinas? ¿Qué explica el cambio en la población hacia el fenómeno, por qué no aceptar más esos actos, por qué la actitud de denunciar, incluso de parte de quienes “disfrutaban” de los servicios de los coleros o acaparadores? ¿Cómo erradicarlas?

Nos acercaremos a algunas explicaciones, pero algo sí está claro, la conducta surge por una necesidad y es sostenida o extinguida por sus consecuencias.

Primero hablaremos de las vivencias, y los beneficios. Las gratificaciones de quienes cometen esas indisciplinas están claras, son las ganancias económicas, el lucro, pero, y el resto del pueblo, bueno, tanto los que eran beneficiados como los que no eran tan perjudicados asumían una posición acrítica al fenómeno. Se habían acostumbrado a él, lo veían como algo lejano o que no les afectaba tanto, existía siempre otra alternativa.

Ahora la crisis ha disminuido las alternativas y con ellas las justificaciones, conscientes e inconscientes que no permitían el cambio de actitud. Se ha acrecentado la complicación de las colas, referida a los esfuerzos que conlleva: trasnochar, estar al sol por varias horas, la desorganización, la impotencia, las injusticias, el riesgo a enfermar, los precios de los coleros.

Asimismo la dificultad o incapacidad de obtener productos que a todas luces los acapadores se llevaron, y luego su reventa a un precio que ahora solo muy pocas personas pueden adquirir, ha hecho que ya nadie pueda hacerse de la vista gorda, o pensar “esto no me atañe”, o “es así y no se puede cambiar”.

Otro elemento es el control, cuando las consecuencias de la conducta son negativas esta tiende a desaparecer. El rol de las instancias de poder es determinante en el control de las indisciplinas sociales, en el cumplimiento de la ley.

Es importante tener claro que este no debe ser el único factor de cambio, porque cuando una conducta se extingue por presión externa, al desaparecer o disminuir la coercióm renace la conducta indeseada, o se transforma, se disfraza.

Es necesario desplegar una labor de concientización es decir de educación y rescate de valores, necesidades principios, necesidades, de lo que se piensa y se siente, y su consecuente accionar. Pero todo aprendizaje humano, social, se debe comenzar desde lo externo para luego interiorizarse, el control es una alternativa de solución, por eso es necesario tomar medidas dirigidas a eliminar dichas indisciplinas, y que alcancen todos los niveles por los que ellas transitan y manchan. Es imprescindible atacar la raíz de dichos males con una de las mejores armas que se poseen en cualquier situación, el control: de cada producto, de cada gestión, de cada desvío y de cada persona implicada en él.

Cuando las cosas se hacen bien no hay oportunidad para las conductas indeseadas, pero siempre que hay descontrol y desorganización, aparecerá quien se aproveche.

La participación ciudadana es también un factor decisivo pues cuanto más las personas se sientan comprometidas con el proceso de cambio es más posible que este suceda. Cuando la gente es quien controla las indisciplinas, cuando nadie las acepta, alimenta sino que las denuncia y repudia se pueden considerar extintas. El pueblo cubano cuenta a través de su historia con muchas vivencias que lo demuestran. La unidad y participación comunitaria, revolucionaria es una carta de triunfo.

Las crisis, se constituyen en mecanismos reflexivos que exigen cambios, abren el espacio a la crítica de la cotidianidad. Cuestionar, transformar, mirar de manera diferente nuestra propia vida es posible y necesario. El fenómeno de acostumbramiento a lo cotidiano o familiaridad acrítica conduce a la  enajenación que frena el desarrollo y el crecimiento personal y social, produce desmotivación, depreciación de las leyes, de principios y valores. Acarrea una suerte de letargo contrario a la fuerza, dinamismo y esperanza que precisa nuestra nación.

Debemos cambiar todo lo que debe ser cambiado, enfrentar todo lo que perjudique o vaya en contra de los esfuerzos de un pueblo entero por seguir adelante.

 

 

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