El verde imán de mi suelo: el Indio Naborí en la lírica popular cubana.

Por: Fidel Antonio Orta/Cubadebate (…fragmento)

(Hoy 30 de septiembre el gran poeta cumpliría 98 años)

El verde imán de mi suelo: el Indio Naborí en la lírica popular cubana. Yo no diría que se trata de un tema complejo, pero sí diría que se trata de un tema bien abarcador; pues en este gran poeta encontramos sesenta y seis años de constante batallar con la palabra, sesenta y seis años de búsqueda y angustia. Aclarado lo anterior, se impone una pregunta: ¿cómo empezó todo esto?

Estoy hablando de un hombre que nació en la más absoluta pobreza: padres analfabetos, techo de guano, piso de tierra, tinaja compartida y ninguna señal de cultura. He ahí, en su procedencia, el ingrediente primario que une al Indio Naborí con esa sagrada categoría que alguien llamó popular. Y digo sagrada porque en lo popular adquiere una legítima resonancia aquello que, al menos para mí, es el verdadero concepto de pueblo.

Defender la existencia de una poesía popular es defender, en la práctica, un ingrediente principalísimo de la identidad cubana. Mucho se ha escrito en el mundo hispano sobre la poesía popular, lo que en mi opinión pasa siempre por un criterio de interpretación individual. Dicho de otra manera: ¿qué es para mí la poesía popular?

Algunos la limitan a la llamada cultura oral. Otros la contraponen a la llamada poesía letrada o culta, y algunos otros se refieren a ella con visos conscientes de menosprecio, reduciendo su impacto y perdurabilidad a un determinado momento: un hecho histórico, pasajes fugaces de la vida cotidiana, costumbres o fiestas donde sólo participan ciudadanos humildes.

Soy del criterio entonces que la expresión poesía popular es inexacta, como inexacto es también su significado, porque está demostrado que en ocasiones lo popular puede ser culto, y lo culto puede ser popular. Yo pregunto: ¿qué le hace falta a un poeta culto para de igual forma alcanzar la categoría de poeta popular?, ¿qué le hace falta a un poeta popular para de igual forma alcanzar la categoría de poeta culto? Para mí, ambas categorías pueden andar juntas, y ambas tienen la misma importancia cuando de poesía se trata. Eso sí, para que sea auténticamente popular debe existir una fusión poeta-poema-poesía-popularidad que luego se traduzca en comunicación, en memoria colectiva, en necesidad de pueblo, en culto a las tradiciones, en preservación de la identidad y en manantial de buen arte, sea cual sea su soporte expresivo: versos improvisados en décimas, versos improvisados en coplas, versos de origen africano y versos cantados o escritos en cualquier otra forma estrófica. Lo popular no está en la forma, está en el alcance masivo que pueden alcanzar los contenidos. Sólo así puede explicarse en José Martí lo culto de sus Versos Libres y lo popular de sus Versos Sencillos.

Cuando se aborda este tema, casi siempre aparece ante nosotros la Oda a los poetas populares de Pablo Neruda: Poetas naturales de la tierra, escondidos en surcos, cantando en las esquinas, ciegos de callejón, oh trovadores de las praderas y los almacenes… ¿Pero acaso el poeta chileno no fue también un gran poeta popular? Me acerco ahora un poco más a la Isla de Cuba y cito a Rogelio Martínez Furé. En una ocasión le preguntaron: ¿te reconocerías como un poeta popular? A lo que el maestro respondió: ¡Qué más quisiera yo! Es algo demasiado grande para pensarlo siquiera.

El párrafo anterior explica entre líneas que no siempre los poetas populares tienen que estar escondidos en surcos o cantando en las esquinas, pues lo importante, lo más importante, está en la trascendencia de su obra; algo que, refiriéndose a la dupla Nicolás Guillén-Indio Naborí, explicara con maestría Ángel Augier en su ensayo Dos poetas de cubanidad raigal:

…Ambos, Guillén y Naborí, desde ese origen popular de sus ritmos y motivos, de sus tonadas y clamores, forjaron su poesía cubana, americana y universal, que abarca los más diversos recursos poéticos y los rasgos y temas disímiles, pero que jamás abandona sus raíces nutricias del espíritu nacional cubano. Ambos han logrado la difícil hazaña, ya señalada alguna vez por algún crítico, de complacer y hasta entusiasmar, por su genio poético, a todos los niveles del espectro cultural, desde los más populares hasta los más elitistas, desde el barrio hasta los salones, desde el guateque jubiloso hasta el ambiente severo y solemne de las academias.

Vuelvo sobre la importancia que reviste defender la existencia de una poesía o lírica popular. Explicarla, promoverla, exaltarla, preservarla y llevarla con seriedad a los medios de difusión masiva, será una forma de darle vigencia a una frase martiana que debemos hacer nuestra desde que amanece: lo que no se conoce, no se ama, y lo que no se ama, no se defiende.

El Indio Naborí nace el 30 de septiembre de 1922. Pero el San Miguel del Padrón de los años 1922-1932 era un verdadero caos existencial. Allí sólo se vivía para sobrevivir. Fue en ese entorno hostil de la periferia habanera donde nació y vivió sus primeros años Jesús Orta Ruiz. ¿Una maldición? Yo pienso que sí y que no. Porque sobre él, en esos primeros diez años de existencia, contraponiéndose al infortunio del día a día, aleteaban también otras tres realidades: ternura, imaginación y cantos de trabajo (para no decir nanas o canciones de cuna).

Yo era un niño imaginativo. En la mayor soledad jamás estaba solo. Jugaba y conversaba con niños que no existían más que en mis sueños. Pero esa imaginación, según mi parecer, no podía ser otra cosa que el don de la poesía. Sí, asimismo, el Indio Naborí nació con el don de la poesía, yo diría que nació con el alma octosilábica. Sin esa vocación innata habría sido imposible que luego desarrollara el talento poético que lo caracterizó durante toda su vida; cuyas únicas influencias pueden localizarse cuando se repite lo siguiente: don de la poesía, ternura familiar y cantos de trabajo. Precisamente en los cantos de trabajo localizamos algo vital: la décima, en este caso la décima cantada; puesto que el viejo Payo (padre del poeta) pastoreaba el ganado cantando décimas, y la vieja Maya (madre del poeta) preparaba la comida cantando décimas, y la Niña (hermana del poeta) lavaba la ropa cantando décimas. En los tres casos utilizando como molde o soporte musical una gran variedad de tonadas campesinas, raíz popular de la más auténtica herencia española.

La décima cantada, para el Indio Naborí, era algo que formaba parte del paisaje sonoro que lo rodeaba. Entonces no es nada extraño que ese niño de diez, doce y trece años, con una inusual gracia criolla, improvisara espinelas de perfecta estructura clásica. En él, como si se tratara de un irrompible lazo maternal, se estaba dando un nexo que podemos definir así: en la poesía, la lírica; en su procedencia, lo popular; y en la décima, la tradición. Es decir, la lírica popular como una forma natural de cultura, demostrándose con ello que en los sentimientos de aquel niño-adolescente estaban también los sentimientos de su pueblo.

Existen dos ejemplos que resumen el nexo al que hice referencia. Aquí va el primero: sucedió en el mes de enero de 1936. Varios vecinos de San Miguel, dejándose llevar por la curiosidad y el misterio que despertaba aquel adolescente de trece años, lo convencieron para que, rompiendo su timidez, improvisara algunas décimas en la casa de un pequeño agricultor que también vivía en la zona. Los presentes, todos adultos, querían que el niño le cantara a las cosas que sucedían en el instante, pues de esa forma comprobarían su capacidad técnica de improvisación. Estaban teorizando sobre el tema cuando hasta ellos se acercó Cheo Candela, un respetado jinete de la comarca. Fue entonces que el Indio Naborí improvisó una décima que terminaba así:

Cheo Candela, el montero,
en su jaca ceboruna
viene partiendo la luna
caída sobre el sendero.

 

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