Diálogo en Cuba para la defensa de la Revolución o las voces en la Tángana del Trillo

La Constitución cubana expresa un consenso para la continuidad de la Revolución y el socialismo. Nadie puede negar que fue aprobada luego de amplias jornadas –inusuales en las variantes de democracias contemporáneas– de deliberación pública, donde participó todo el que quiso participar

Como tendencia, a diferencia de la celeridad con que la prensa privada o pagada por Estados Unidos aborda cualquier hecho que sirva para desacreditar al sistema político cubano y promover matrices de opinión a tono con la ideología liberal, las referencias a la Tángana del Trillo han sido pocas.

La mayoría de los artículos que en estos medios digitales han analizado los eventos de los últimos días en La Habana, critica que en el programa de la Televisión Cubana donde fueron abordados los hechos de San Isidro y los que se desencadenaron luego frente al Ministerio de Cultura, inicialmente, en defensa de sus protagonistas, no estuviesen presentes todas las partes implicadas, pero en sus propios análisis hay una gran ausencia: el acto convocado por un grupo de jóvenes revolucionarios en un barrio popular de Centro Habana, que tuvo lugar tan solo dos días después y en relación con los hechos anteriores.

Para algunas de las voces que desde los acontecimientos de San Isidro se han levantado en reclamo de un diálogo, pareciera que solo tienen derecho a dialogar quienes no lo hagan desde la defensa explícita del socialismo y la Revolución cubana.

La Tángana del Trillo ha sido silenciada o fuertemente agredida y manipulada en las redes (dos caras de la misma violencia). Iramís Rosique, uno de los jóvenes participantes, ha dicho: «es lógico que nieguen la posibilidad de toda espontaneidad revolucionaria: esa violencia no es más que miedo e impotencia disfrazados: el miedo a que se les dispute el espacio de lo legítimo y espontáneo».

El silenciamiento de las voces de los jóvenes que se declararon defensores del socialismo en los análisis de quienes, desde la prensa privada y pagada, han estado reclamando todo el tiempo un diálogo a raíz de los últimos acontecimientos en nuestro país, nos avanza con claridad quiénes tendrán derecho a ser escuchados y quiénes no en la «sociedad abierta» que están presionando por imponer. Pero eso no sorprende.

Hablan todo el tiempo de derechos y libertades, evadiendo totalmente el nudo esencial del debate sobre la sociedad cubana contemporánea y el futuro de la nación: ¿volvemos al capitalismo o profundizamos el socialismo? Y con esto no estoy diciendo que no sea necesario hacer un análisis a fondo sobre las posibilidades de hacer más democrático el funcionamiento de nuestro sistema político, estoy diciendo que el primer análisis al respecto debiera ser: ¿qué modelo de democracia queremos construir?; cuestión que los jóvenes en el Trillo respondieron prácticamente a través de una declaratoria de principios al defender el socialismo, y tal vez por eso, además de no reconocerles la espontaneidad, es mejor no mencionarlos o agredirlos.

La equidad y justicia social, como condiciones de posibilidad para que las mayorías disfruten de una plataforma más amplia y efectiva de derechos, no es una cualidad inherente a cualquier democracia. Entonces, antes de debatir sobre libertades y derechos políticos, debemos hacerlo sobre sus condiciones sistémicas de posibilidad. ¿Libertades y derechos políticos en qué sistema?  ¿Cuba puede aspirar a un espacio de mayor pluralidad y un horizonte de mayores libertades para las mayorías, al margen de la defensa del socialismo en el mundo que vivimos hoy?

Quienes apuestan por el modelo conservador –desde un punto de vista histórico– de las democracias liberales, la socialdemocracia, la tercera vía, la apertura al centro y a la derecha en el espectro político cubano, etc., saben que el consenso en Cuba, refrendado en la Constitución y actualizado enérgicamente por los jóvenes en el Trillo, es otro. Maniobran con los conceptos de diálogo, libertad, arrancados de contexto en una especie de violencia simbólica contra quienes, sin socialismo en Cuba, quedarían a años luz de estos derechos que todo el tiempo invocan.

La Constitución cubana expresa un consenso para la continuidad de la Revolución y el socialismo. Nadie puede negar que fue aprobada luego de amplias jornadas –inusuales en las variantes de democracias contemporáneas– de deliberación pública, donde participó todo el que quiso participar.

Es claro que en su letra no se ven reflejados los anhelos de todos, que hay quienes votaron No. Incluso hay quienes votaron no, precisamente por no querer una Cuba socialista. Pero hasta donde los datos nos informan, y sin hacer especulaciones más allá de ellos, se trata de una minoría. Esa minoría que quiere un cambio de sistema no puede mediáticamente pretender presentarse como la voz del pueblo cubano, pasando por encima del consenso que recién actualizamos constitucionalmente.

¿Qué pasará con el socialismo cubano si consiguen echar a andar una agenda para reformar nuestra sociedad a imagen y semejanza del modelo neoliberal de «sociedad abierta» de George Soros, cuya fundación homónima ha acogido en su sede y ha financiado a «nuestros ideólogos de la nueva libertad»? ¿Qué va a pasar con los derechos de los sectores humildes de la sociedad cubana, esos que estuvieron, también, representados en la Tángana del Trillo, que los medios digitales para el cambio de régimen prefieren no mencionar?

No tomemos por nuestros voceros a quienes, en efecto, son voceros de grupos muy específicos y exponen una postura conservadora. En definitiva, la ideología liberal fue superada por la Revolución, se retrotrae a otros periodos de nuestra historia, y la oposición a ella es hoy un consenso muy vigente de las fuerzas revolucionarias, no solo en Cuba, sino a escala global.

Innovador y revolucionario es lo que aconteció en el Trillo. Lo más inquietante para quienes presionan por el cambio de régimen, es que lo que se desdobló como una línea de fuga de lo instituido, optó por la actualización del consenso por el socialismo y la defensa de la Revolución.

En este escenario agudísimo de guerra simbólica, en esta disputa de sentidos –que no siempre podemos considerarlo un diálogo, más allá de la voluntad que tengamos–, sobre el concepto mismo de la nación que deseamos construir, los jóvenes que allí convocaron dieron un golpe contundente a los actores mediáticos que defienden una postura liberal para resolver los desafíos que hoy afrontamos, rescatando, de lo trillado, el universo de sentidos que sostiene a la Revolución.

Se habló de poder popular, antirracismo, diversidad sexual, feminismo, equidad, economía más democrática, justicia social, historia, antianexionismo y antimperialismo, entre otras ideas altamente subversivas del orden mundial, que los promovidos por la ned y Soros nos quieren imponer.

En el Trillo, los mismos temas que capitaliza la contrarrevolución –la de siempre y la de nuevo tipo– fueron traídos con fuerza, pero con meridiana claridad ideológica, por los jóvenes que hablaron defendieron que ninguno de esos problemas será resuelto al margen de la profundización del socialismo. «Todas las causas justas caben en el campo de la Revolución. Ese precisamente es el fundamento del pacto social revolucionario, del consenso socialista: toda la justicia social», dijeron. No se agotan en el sector de la Cultura las cuestiones que deben estar sujetas a un análisis crítico y a una transformación vital.

La Revolución socialista, en su ímpetu por avanzar ante los ataques que está recibiendo, desbordó sus instituciones y organizaciones. Esto no puede ser entendido, en parte, más que como un resultado de lo que ella misma y su sociedad civil han sembrado en el pueblo y sus jóvenes. Las organizaciones comprendieron un llamado que, probablemente, en un inicio les resultó inusual, y allí estuvieron apoyando la iniciativa. Hay quienes hoy interpretan ese hecho como algo desafortunado, pero no podemos negar que las organizaciones e instituciones en Cuba son un recurso importante para la defensa de la Revolución que queremos que prevalezca: ellas nacieron de lo más genuino del movimiento revolucionario que llegó al poder en enero del 59.

Una cosa es verlas críticamente y comprender que hay en ellas problemas por resolver, métodos y culturas de trabajo que cambiar, temas que discutir, deudas que zanjar, voces que oír; pero otra cosa es querer destruirlas. No es estratégico fabricar un antagonismo irresoluble entre los sectores de la población cubana que desean defender la Revolución, y las organizaciones que han hecho posible su continuidad.

¿A quién beneficiaría esa fractura? ¿Democratizar el socialismo no será hacer las organizaciones e instituciones en Cuba más revolucionarias en lugar de prescindir de ellas? No es simple, ni se resuelve solo con evocarlo; requiere muchísimo trabajo y diálogo, ahora sí. Sin alimentar divisiones entre quienes desean llevar hacia adelante la Revolución, ¿pudiéramos fabricar los nexos y puntos de equilibrio en la construcción del bien común?

Demandar un mejor funcionamiento de las instituciones del Ministerio de Cultura es totalmente legítimo, pero también tenemos el derecho a no apoyar la libertad de acción de quienes, entre los allí presentes, constituyen un grupo claramente financiado y orientado por el Gobierno de Estados Unidos y la mafia violenta que no hace mucho mancillaba bustos de Martí. El diálogo no puede ser una sombrilla bajo la que se ampare cualquier agenda respecto al futuro de Cuba. Y con esto no estoy queriendo decir que todo quien tenga una crítica que hacer esté al servicio del Gobierno estadounidense, estoy solo hablando de los que probadamente sí lo están, realidad que no podemos ignorar por el simple hecho de que deseen dialogar.

Los invito a no quedarse con esta visión que les comparto y buscar los pronunciamientos de cada joven para leerlos, sin interpretaciones de terceros, en la página virtual del evento. Para mí sus palabras, en lo que son, constituyen un material de obligada lectura para comprender la realidad cubana actual y su perspectiva futura. ¡Palabras que no podemos silenciar porque fueron dichas!

No puedo ocultar lo conmovida que estuve con cada palabra que allí se dijo, porque me quedó claro que la Revolución no se agotó. Contra tristes pronósticos y resentidos augurios, está viva, y como dice la canción, eso «quisiera decirlo un día de julio en medio de la plaza, (…) oírlo por los altavoces, sentirlo rebotar de casa en casa».

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