Más altruismo en tercera temporada

Por Hugo García / Juventud Rebelde

MATANZAS.— Los parqueos de autos y motos de la Universidad de Matanzas están desolados. Los bancos de sus parques y pasillos igualmente fríos. Pocas personas caminan por las áreas exteriores. Aunque da la sensación de soledad y abandono, sucede todo lo contrario en dos de sus edificios, habilitados como centros de aislamientos para pacientes de COVID-19, donde más de cien matanceros están recluidos como positivos.

Enfermeras y médicos los atienden a tiempo completo, pero un grupo de estudiantes y trabajadores de ese centro laboran voluntariamente como personal de apoyo.

Conversar con ellos nos llena de regocijo, aunque no ocultan sus temores, anhelos e insatisfacciones. Hasta el Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez felicitó a estos jóvenes por su altruismo y dedicación en una reciente visita a la universidad matancera.

De pie, de izquierda a derecha: Candy, Jossué, Jorge David, Adrián; y abajo, de izquierda a derecha, Gabriela, Maureen y Dianela

Entré sin pensarlo mucho

Adrián González Mirabal, asesor jurídico de la Universidad de Matanzas, profesor del departamento de Derecho y secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) en el recinto ha estado dos veces trabajando en este centro de aislamiento: «Antes estuvieron personas contactos de positivos, pero ahora son más de cien positivos al SARS-CoV-2».

Con 25 años de edad y natural de Limonar, Adrián asegura que siempre han adoptado muchos cuidados: «La primera vez los tratábamos como si fueran positivos, por nuestra seguridad. Esta vez la carga de trabajo cerca de ellos es superior, debido a los protocolos a seguir: nasobucos dobles, gorros, caretas, guantes, botas, uso frecuente de cloro y otros desinfectantes… además de las medidas sanitarias entre nosotros mismos para evitar contagios.

«Entré sin pensarlo mucho, sabía que había que hacerlo y vine a atender a las personas que no pueden valerse por sí mismas. La actitud de los jóvenes universitarios no me sorprendió, la mayoría de los convocados ha dicho que sí.

«El momento es más duro en esta segunda oportunidad por trabajar con casos positivos, pero le explicamos que tienen que cuidarse y tomar todas las medidas.

«Nunca hemos temido en entrar a la zona roja. Uno se siente más grande desde el punto de vista humano… quiere decir que podemos asumir cualquier tarea que se nos pida. Soy mejor persona hasta en el trato con la gente de diversos caracteres. Crece uno para la vida y para la profesión».

Es una prioridad cumplir con rigor las medidas de bioseguridad.

Podemos hacer mucho más

Maureen Milagros Valdés Pérez, presidenta de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) en la Universidad de Matanzas, habla de la cotidianidad en el centro de aislamiento: «Nos levantamos apenas amanece, esperando a que llegue el desayuno, para tener listos todos los utensilios, las bandejas y los equipos de limpieza y protección. Las mañanas son más intensas porque son muchos viajes en un edificio de varios pisos, pero reconforta el agradecimiento de los pacientes.

«Nos ha tocado un momento de la historia contemporánea donde más decisiva ha sido la labor de los jóvenes. Nos hemos sentido orgullosos de esta posibilidad. Si algo bueno le podemos encontrar a la COVID-19, si es que tiene algo bueno, es que ha sacado lo mejor de los seres humanos, y los jóvenes hemos sido primeros para lo que haga falta.

«Estoy satisfecha, aunque sé que podemos hacer mucho más… cuando vemos a los médicos y enfermeras con tanta consagración nos damos cuenta de que nuestro apoyo es importante.

«Cuando la COVID-19 termine todos seremos personas nuevas. Recordaré a la gente que me dijo que ni pesquisando ni en el centro de aislamiento yo salvaría al mundo, y yo les contestaba que yo no acabaría con el nuevo coronavirus, pero quería aportar un poco para ganar la batalla», resume esta estudiante de cuarto año de la licenciatura en Derecho, con 21 años de edad.

No me quedé de brazos cruzado

Gabriela Puigvest Alfonso tiene 20 años y estudia Lengua Extranjera. Ella también acude por tercera ocasión a un centro de aislamiento: «No está en mí decir que no cuando sé que puedo ayudar, porque soy joven y saludable. Así me criaron mis padres y está en mis convicciones: si ellos fueran mis familiares, igual me gustaría que alguien como nosotros los ayudara y atendiera.

«Trabajar con positivos ha sido un gran desafío, porque sé que no puedo fallar por mi familia y mis compañeros. He crecido mucho como ser humano, esto me deja una experiencia de humanismo… Cuando tenga hijos tendré historias bonitas para contar.

«Aquí trabajamos en todo: repartimos desayuno, meriendas, almuerzo y comida. Limpiamos todos los días los tres pisos, y siempre estamos con todos los medios de protección. Es peligroso, pero los pacientes nos ayudan, retroceden y nos agradecen mucho.

«No importa tanto el peligro como sentirte satisfecho. Recuerdo a una pareja de ancianos que me dieron una carta en la que me agradecían. Esa la guardo en mi casa, y le he contado a mi mamá lo satisfecha que me siento porque no me quedé con los brazos cruzados», precisa la joven cadete de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, insertada en la universidad.

Apenas hay descanso en el centro de aislamiento de la Universidad de Matanzas.

Estaría dispuesta a volver

Dianela Puñales Fernández, de 19 años, es estudiante de segundo año de Ingeniería Civil. Esta es la primera vez que labora en un centro de aislamiento como voluntaria: «Le dije a la presidenta de la FEU que estaba dispuesta, y aquí veo que ganamos mucho en compromiso y orgullo para la familia, así que estaría dispuesta a volver.

«Hay que cuidarse mucho porque hay muchas formas de contagiarse, pero no es algo imposible salir bien. La juventud hoy en día es espontánea y da el paso al frente asumiendo riesgos necesarios», asaegura.

Me siento más comprometido

Jorge David Sánchez García, de 21 años, estudiante de Lengua Inglesas y Alemán, por segunda ocasión participa en un centro de aislamiento: «Ahora me siento más comprometido con mi país. Por supuesto que corremos peligro, pero es bonito tener a alguien que vele por ti. Lo más difícil es protegernos juntos, cumplir con las medidas. Mi familia se preocupa, pero sabe que yo me cuido. Sin pensarlo dos veces volveré a trabajar en un centro de aislamiento cada vez que haga falta.

Nunca nos descuidamos

Jossué Chirino Rodríguez, de 20 años de edad y estudiante de la Licenciatura en Lenguas Extranjeras e Inglés, nos dice que es la segunda vez que participa: «Mucho peligro, muchos casos positivos, pero nos cuidamos con todas las protecciones porque de verdad da miedo estar con tantos positivos sirviéndoles la comida, limpiando sus habitaciones, recogiendo los desechos… Con esta experiencia he crecido en todos los sentidos.

«No me he sentido triste porque mi equipo me apoya, al igual que la familia. Son jornadas agotadoras: cargamos los termos de la comida, fregamos las bandejas, limpiamos el piso y los baños. Descansamos solo un ratico entre tareas.

«A las nueve de la noche todos los pacientes empiezan a gritar ¡Gracias! y aplauden en los pasillos, y es un momento emocionante», narra el joven, conmovido.

No lamentaré nada

Candy Prieto Hernández, profesor de la facultad de Agronomía, rememora cuando le preguntaron si estaba dispuesto a venir, y hoy asegura que a pesar de los riesgos no lamentará nada, porque se siente bien: «Tomar muchas medidas es esencial. No hemos tenido tiempo para deprimirnos porque no paramos: siempre hay algo que hacer. No tengo idea cómo recordaré estos días, pero siempre estaré orgulloso de haber participado», ratifica.

Ahora tengo cien nuevos amigos

Raydel Valladares Rodríguez, jefe del departamento de Eventos en la universidad matancera, cuenta que ya él ha pasado dos veces por esta experiencia como voluntario: «Al principio no sabíamos nada, o poco, de la enfermedad, y nos preocupábamos.

«Yo he sentido mucha satisfacción personal. Algunos pacientes agradecidos nos preguntaban cuánto nos pagaban por atenderlos en medio de tantos peligros, y se asombraban cuando se enteraban que éramos voluntarios.

«Han pasado cosas bonitas. Un bebito cumplió el año y desde afuera le cantamos felicidades y le mandamos un sencillo presente. Otro día, cuando salió un grupo de alta, al doblar las sábanas para mandarlas para la lavandería me sobrecogió un mensaje escrito en ella: ¡Gracias de todo corazón!, decía el texto.

«Aquí eres más sensible, humano… como si fueras mejor persona. Si antes tenía diez amigos, hoy tengo cien», sonríe Raydel.

Nos volvimos hermanos

Yasniel Hinojosa O’Farril, jefe del departamento de Comunicación Institucional, estuvo tres meses como mensajero y luego entró en el segundo equipo: «Los jóvenes son vivaces, tienen mucha energía. Aquí nos volvimos como hermanos.

«No podíamos cometer errores, y a medida que terminaba cada grupo sentíamos regocijo porque nadie se hubiera contagiado. Es cierto que todos entramos con cierto miedo, y a los estudiantes les preocupan sus estudios, el fin del curso.

«Hasta ahora hemos compartido con muchos pacientes de estratos sociales diferentes. Cada día es distinto, una nueva historia, nuevas experiencias de vida. En casa dejé a mi niña de nueve años… ya te imaginas la despedida. Mientras estuve dentro nos comunicábamos diariamente y ella siempre me preguntaba cuándo regresaba, si me habían hecho pruebas… Eso es duro», reconoce.

El valor no se cuantifica

La doctora Pilarín Baujín Pérez, profesora y secretaria del comité del Partido en esta universidad, confiesa que ha sido impresionante la actitud de los jóvenes y de los profesores.

«El valor no se puede cuantificar: ellos han tenido una entrega incondicional, sin quejarse; están orgullosos y con disposición de volver si es necesario, y eso nos hace sentir felices. Por eso ya vamos por la tercera temporada, como siempre digo», ilustra Pilarín.

También la estudiante de periodismo Daniela Ortega Alberto sostiene que se convirtieron en una gran familia: «Ahora valoramos más la vida, al sentirnos útiles», resume, mientras Lize Mariet Fiallo Verdura, profesora de Marxismo e Historia y miembro del secretariado de la UJC, asegura que en las dos veces que se ha sumado al centro de aislamiento la mayor recompensa es que se le reconozca al colectivo universitario el esfuerzo por este trabajo.

La master Nancy Beatriz Mendoza Santana, profesora de la institución, recuerda que alrededor de 120 estudiantes y profesores han mostrado mucha responsabilidad en la atención, en distintos momentos, de alrededor de 1 500 pacientes sospechosos, contactos de positivos y portadores de la enfermedad, que en estos predios han encontrado consuelo, profesionalidad y esperanza en las dosis que tanto necesitan.

Despedida de un grupo de pacientes en el centro de aislamiento de la Universidad de Matanzas.

Fotos: Cortesía de la Universidad

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