El tiempo de decir: aquí estoy

Por: Santiago Jerez/ Juventud Rebelde

Desde hace —hoy exactamente— 16 meses la vida de los cubanos se mide en números. Cifras. Horas. Los minutos pesan. Cada dígito es capaz de develarnos una carga emotiva. Una arrancada.

Hay quien vive a deshora, impunes o infalibles. Pero hay quienes viven pendientes del tiempo, como cancerberos. Con el miedo a pulso. Cuidando la fragilidad. La vida.

Llegamos a la explanada y ya están formados los jóvenes con uniformes blanquísimos. De la fila se aleja, con presteza, una muchacha. Sube las escaleras. Unos señores se acercan a su encuentro, inquietos. La mujer le agarra la mano. «Toma, hija, mi reloj, no cogiste el tuyo», le dice y se desprende de lo que parece ser un Orient automático y dorado.

La muchacha está apurada, debe volver a la fila. Casi se marcha, pero gira bruscamente y vuelve. Los abraza. «Cuídate», le suelta el padre como si quisiera untarle un bálsamo a la distancia.

Ella se va en breve a Matanzas, a brindar atención médica en el epicentro de la pandemia. La provincia que hoy reportó 3 351 pacientes con COVID-19 y 29 fallecidos. Ergo: los peores números de Cuba.

Rumbo a Matanzas parten los jóvenes trabajadores de la Salud recién egresados de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana. 

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Son 60 los que integran la brigada La Habana por la vida. Hasta hace unos días, 35 de ellos eran estudiantes de último año de distintas especialidades de la Salud en la Universidad de Ciencias Médicas capitalina: Licenciatura en Bioanálisis Clínico, Técnico Superior en Análisis Clínico, Medicina Transfusional, Higiene y Epidemiología, Enfermería y Medicina. Ahora, egresados, ponen sus conocimientos al servicio de un territorio vecino.

Son 60 los que integran la brigada La Habana por la vida.

Carlos Yunior Guilarte, que unas horas atrás posteaba un sinfín de agradecimientos en Facebook por haber concluido con 100 puntos su examen estatal que lo confirma como médico, parte del brazo de su novia Jessica Clavel a la zona roja yumurina, donde ya laboran colegas de otras regiones del país y de la propia localidad.

Carlos Junior Guilarte y Jessica Clavel, una joven pareja que comparte el amor a la profesión y a la vida. 

«Ha sido una proeza prepararnos para nuestro examen, en los últimos días casi no dormimos estudiando el contenido, que se nos evaluó con todo el rigor que amerita una prueba de este tipo. Vencerlo con resultados satisfactorios me llena de alegría, y haber dado el paso al frente para esta misión es lo que me corresponde como un médico que no está ajeno a la batalla de su pueblo por la salud.

«Vengo de una familia con mi misma vocación. Mi abuela, también doctora, se puso nerviosa y me preguntó por qué tenía que ir y le respondí: Donde esté alguien sufriendo, ahí tengo que estar, mi destino es salvar vidas. Ella solo me besó la frente y me bendijo», cuenta Carlos Junior.

Jessica, de pocas palabras, se siente muy cómoda y segura de compartir esta experiencia con su novio y compañero de años de dedicación a lo académico. «Solo puedo afirmar —comenta— que va a ser una fragua y la mejor formación que como galenos podríamos tener».

Al frente de la brigada, Fabián Pérez Alonso —profesor y Secretario del Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) en la institución—, recibió, de manos de Luis Antonio Torres Iríbar, primer secretario del Comité Provincial del Partido en La Habana, la bandera cubana que los guiará en la larga y difícil travesía.

«Mientras podamos hacer algo por el sistema de salud, para que las familias no tengan que llorar a uno de los suyos; mientras podamos levantarnos y expandir nuestros conocimientos, dar amor y comprensión, lo haremos sin dudarlo. No es tiempo de preguntar qué pasa, es tiempo de decir aquí estoy», subraya, enérgico, Fabián, al hablar a título de los brigadistas.

Torres Iríbar los felicita por su graduación y por su altruismo. Les pide ir a Matanzas con la cabeza en alto y la moral de la salud pública cubana, con el espíritu de Martí, Gómez, Maceo, con el ímpetu de Fidel y Raúl. «En este país no se abandona ningún territorio, vayan al combate para ayudar a obtener la victoria», sentencia.

Al acto asisten, además, Aylín Álvarez García, segunda secretaria del Comité Nacional de la UJC, Reinaldo García Zapata, gobernador de la provincia y Ana Rosa Granda Esteban, primera secretaria del Comité Provincial de la UJC.

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Los rostros en la explanada lucen alegres, sonrientes, a pesar del nasobuco. Ninguna tropa va abatida a una contienda contra el tiempo y un virus. Se toman fotos, se abrazan, levantan los puños, hay ojos que se aguan. Se despiden de los profesores que los formaron durante seis años. Miran a los familiares que están en los balcones. Agarran los equipajes y se disponen a abordar.

Dos colegas, Andy Jorge Blanco, de Cubadebate, y Mario Ernesto Almeida, profesor de la Facultad de Comunicación, ambos matanceros, los acompañarán en el bregar con sus ojos, sus oídos y almas de cronistas. Estoy feliz de volver a mi tierra, me dice Andy, quien días atrás me expresó en un chat de WhatsApp la impotencia tremenda por no poder estar allá, con su gente. Les digo que se cuiden. Esa petición cobra cada vez más sentido.

La enfermera Arianna Smith.  

Entonces veo a una muchacha con su cofa de enfermera y un tremendo entusiasmo por irse a cuidar al pueblo donde todos tienen puesta su mirada. Es Arianna Smith y me expresa con picardía que el cubano es solidario por naturaleza, ayudar está en nuestros genes, que somos un país, uno solo.

A su lado Brenda María Riquelme, también enfermera, no disimula su «euforia» por comenzar a trabajar. «Es un paso enorme, nos va a hacer mejores profesionales y más humanos—asegura. Voy junto con los que he convivido desde primer año, nos cuidaremos entre todos. Cuba nos necesita, nosotros estamos siendo consecuentes con la formación humanista, solidaria y valiente que se nos ha dado».

Brenda María Riquelme, joven enfermera recién graduada.

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