Llegó para quedarse…

Por: Celia Zaldívar Odio/Departamento de Comunicación Institucional

Trascender es una necesidad humana. Todos hacemos algo para que nos recuerden, para que nuestro tránsito por la vida tenga sentido, incluso al marcharnos, pero hay quienes dan su vida por los demás, o cambian la vida de muchos con sus obras, esos perduran por siempre. Cuba fue otra a partir de Fidel, su esfuerzo trasformó a todo un pueblo… “llegó el Comandante y mandó a parar” las injusticias, llegó y construyó esperanzas.

Mis primeros recuerdos del Comandante son los memorables discursos que al menos una vez por semana veía en mi querido televisor soviético, sentada con papá en el butacón de la sala. Jugábamos a ver quién llegaba primero a sentarse y escuchar. Era un momento para estar bien cerquita de mi padre y aprender mucho, porque esos discursos estaban llenos de sabiduría, buen sentido del humor, elocuencia y grandeza. Y yo preguntaba, con los insistentes por qué típicos de la infancia, sobre sucesos difíciles de entender hasta para los que casi peinaban canas. Mi padre, astuto y realista me decía: escúchalo mi niña, él te ayudará a encontrar esas respuestas. Y era cierto, su genialidad, humanidad y dignidad, nos guió titánicamente en aquellos tiempos duros del período especial, hasta este presente, que en aquel momento era futuro.

En la escuela Fidel también estaba cerquita de nosotros, nos sentíamos protegidos, llenos de su amor, inspirados y orgullosos con su valentía. El mundo entero lo amaba, lo adoraba, y era nuestro. No existía ni existirá hombre de tal magnitud, y lo sabíamos. Las consignas ¡Fidel, Fidel!… eran aclamadas en todo el planeta. Fidel era Cuba, Cuba éramos también nosotros. ¡La actual consigna!  yo soy Fidel!, siempre estuvo latente, lista para emerger desde el más puro sentimiento, cuando sentimos que había pasado eternamente a formar parte de cada cubano.

Al crecer comencé a ser consciente de que, como padre, nos estaba preparando para el futuro, para que continuáramos su obra. Recién comenzado este siglo los estudiantes universitarios fuimos convocados por él para hacer trabajo social, y para formar a otros jóvenes que continuaran la tarea que estábamos iniciando. Fueron experiencias que tocaron las fibras más sensibles de todos los que participamos, que nos hizo más revolucionarios, comprometidos con nuestro tiempo, y mejores personas. Fue maravilloso porque además nos permitió ver a Fidel, estar muy cerca, y hasta fotografiarnos con él. Ese recuerdo marcó mi vida de muchas maneras. Pocos años después Fidel decidió dejar de ser presidente, y aun así continuó siendo el amado líder de Cuba, de todos los pueblos y de los hombres que luchan por la soberanía y la justicia.

Las conquistas de nuestro pueblo, guiadas o inspiradas por él, todavía son quimeras en muchos países. Sus preocupaciones y previsiones acerca del medio ambiente se adelantaron a su tiempo. Su humildad, unida a su dignidad y grandeza, su sagacidad y cubanía, además del infinito amor hacia todos los seres humanos, deja un legado revolucionario a todo el pueblo, y el compromiso de perpetuarlo. Aunque no quiso monumentos, todo el que se sienta revolucionario cubano y actúe como tal, ya es en sí un homenaje a nuestro líder. Siempre vivirá en mí y estará vivo en mi Cuba. Llegó para quedarse.

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